lunes, 18 de mayo de 2009

Star Trek XI: el sentido del cine


Por Santiago Navajas


"Se ha censurado mucho la trivialidad de los films americanos en general. Pero cualquiera de ellos, incluso el más modesto, contiene siempre una ingenuidad primitiva, un encanto fotogénico integral, un ritmo absolutamente cinematográfico", decía Luis Buñuel.


Decía más: "Los americanos nos hacen ver la esencia del drama –éste es sólo secundario–, y cuando descubren algo nuevo, no abusan jamás. No lo enseñan demasiado, pues su manera de ser los conduce siempre más lejos. Es incontestable que poseen el sentido del cine en grado mucho más elevado que nosotros".


Esto escribía el maestro aragonés hace más de ochenta años, cuando recomendaba ir a ver La ingenua en lugar del mamotreto francés de Abel Gance Napoleón. ¿Por qué? Porque la americana, sostenía, era "ligera, fresca, llena de imágenes ritmadas, talladas a golpes de intuición verdaderamente cinematográfica".


Star Trek XI, la última de la saga trekkie, es maravillosamente trivial, increíblemente ingenua, extraordinariamente fotogénica, electrizantemente rítmica. De lo que se sigue, y se podía prever, que a su autor le corre el cine por las venas. J. J. Abrams es famoso por ser el creador de una de las series de televisión más embriagadoras de los últimos tiempos, Lost (Perdidos), y de otras también famosas, como Alias y Fringe. Además, fue el director de la tercera parte de Misión Imposible. Sin embargo, ha sido con la revitalización de la mustia saga de Star Trek con lo que ha batido su propio registro de excelencia.


La USS Enterprise (un guiño al espíritu genuinamente americano de la libre empresa) es la nueva joya de la corona de la flota de la Federación Galáctica. Entre la tripulación se encuentran dos jovenzuelos, Tiberio James Kirk (Chris Pine), un líder nato con el sistema límbico desatado, y Spock (Zachary Quinto, el malvado de la serie Héroes, y que, como Leonard Nimoy, es una híbridación de lo humano y lo vulcaniano), el mejor cerebro lógico en este lado de la Vía Láctea. A ambos el Destino les empujará a cambiar sus destinos mediante el enfrentamiento con Nero (Eric Bana), una variación del John Wayne de Centauros del desierto... contemplado desde el punto de vista de los indios.


Que me perdonen los fans del universo Star Trek, pero a lo que me ha recordado esta recreación de los orígenes de la mítica tripulación de la nave galáctica Enterprise ha sido a... Star Wars. Hay un plus de acción, humor y amor made in George Lucas: la repulsión/atracción entre el imprudente terráqueo Kirk y el lógico vulcaniano Spock está calcada de la relación que tenían Han Solo y Luke Skywalker, también con chica de por medio. Hay una galería completa de personajes secundarios que van ofreciendo un contrapunto humorístico a las tensiones dramáticas de la trama. Además, algo en lo que solía fallar escandalosamente las películas Star Trek, hay un malo de los buenos, de los que no se olvidan: el dolorido y resentido romulano, sediento de venganza, interpretado por Eric Bana. Y, por último, la presencia en plan maestro Jedi de Nimoy, que, con buen ojo clínico, ha decidido que en esta ocasión su presencia estaba justificada. De esta forma, la nueva entrega conseguirá mantener a los antiguos fans pero, sobre todo, ampliará el abanico de nuevos seguidores de una serie que estaba en peligro de convertirse en un fósil por un excesivo respeto a unos rituales obsoletos.


Abrams ha comprobado con su serie Perdidos que no es precisamente la verosimilitud, la lógica y el rigor lo que ansían los actuales espectadores. Por el contrario, el sinsentido, los giros estrambóticos de las tramas, así como la mentalidad conspiranoica, son los sellos distintivos del audiovisual postmoderno. De ahí que la estricta ficción científica de esta entrega de ciencia ficción sea manifiestamente mejorable. Pero, parece pensar Abrams, si la mecánica cuántica es absurda, y sin embargo la aceptamos por un sofisticado instrumentalismo, ¿por qué no iba a aceptar el espectador contemporáneo cualquier bagatela de paradoja espaciotemporal, como que uno se encuentre consigo mismo aunque tenga cincuenta años más? La película es un compendio del "más delirante todavía", con un planeta horadado hasta sus entrañas y devorado por un agujero negro (¡me había olvidado de la Estrella de la Muerte!), chicas ligeras de cascos además de verdes, persecuciones de bichos horribles por planetas helados (copia/inspiración de El imperio contraataca), saltos en el hiperespacio que fallan pero que se recuperan en el último momento (ah, cuántos recuerdos a bordo del Halcón Milenario...) y por ahí seguido.


Ligera, fresca, llena de imágenes ritmadas, talladas a golpes de intuición verdaderamente cinematográfica, la Star Trek de Abrams es como encontrarse con una Coca-Cola helada en mitad del desierto. Durante dos horas trepidantes, tenemos tiempo para emocionarnos con la muerte de los seres más queridos, la cicatriz que comparten íntimamente Kirk y Spock; el nacimiento del amor verdadero, Spock y Kirk comparten gustos sobre mujeres; la lucha por el poder, en la que se decidirá si el terráqueo y el vulcaniano caben en la misma nave. Veremos estupendas secuencias de efectos especiales en las que saldremos de agujeros negros como quien entra en un túnel, daremos saltos en el espacio-tiempo y, tradición ci-fi manda, oiremos el silbido rasgado de los rayos láser y las explosiones de naves moribundas en mitad del sordo espacio sideral. Así pues, reengánchense a Star Trek: merece mucho la pena.


Fuente Libertad Digital.

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